lunes, 1 de diciembre de 2008

"Una historia en Rojo y Negro" (Escrito por Juan José Alfaro)




La pasión transformada en identidad, es la excusa perfecta para unirnos en la consecución de sueños. La pasión transformada en herencia, es la que mantiene vivos dichos sueños.


Hoy hablaré desde mi tribuna de hincha, tomaré palco en las graderías de mi vida, y haré girar la pelota hasta aquella pequeña historia que el destino escribió para mi, aquí se las dejo.

Apenas podía abrir mis ojos y sentí que algo mojaba mi frente, era un rocío tenue, una especie de brisa que me aliviaba el intenso calor, y que me hizo perseguir un intento por sacarme la modorra que cubría mis ojos.

Alguien me sostenía en sus brazos, no sabía quién era, pero lo sentía cercano y sus ojos me miraban con ternura. La brisa ahora derrapaba por la comisura de mi nariz, al mismo tiempo que sentí un destello de luces que colocaban sobre mi pecho, una luz era más oscura que la otra. Acto seguido acomodaron algo sobre mis hombros y la persona que me sostiene, dijo algo que no pude comprender en aquel momento, pero que hice mío desde ese instante, “hijo, siéntete un Ranguerino más”.

Yo sólo atine a moverme y tratar de mirar lo que cubría mi cuerpo pero aún no tenía capacidad de discernir que era aquello, aunque rápidamente lo sentí propio a mi nuevo estado, por lo que lo empecé a querer de inmediato. Alguien que tampoco logré reconocer pero que tenía un destello luminoso en su cabeza, me puso sobre la mano un pequeño trozo de cartón y luego esbozó con una sonrisa, “desde hoy eres parte de un sueño, que compartimos miles de talquinos”.

Ranguerino, talquino, fueron palabras nuevas que fueron danzando en mi mente día tras día, hasta que se hicieron parte de mis siestas, de mis primeros pasos. Mis primeros sonidos fueron pequeños retazos de una canción que repetía una persona que me llamaba hijo, y que decía “erre con a, rraaa, erre con a, rraaa, erre con a, rraaa, rra, rra, rra, Rangers de Talca", aún no entendía que era aquello, pero me sonaba agradable, y comencé a sonreír cada vez que me lo cantaban, y mi papá, porque así me dijo que se llamaba la persona que me sostenía en sus brazos, también se ponía muy contento cada vez que yo sonreía. Mi mamá a quién yo reconocí desde muy pequeño por su agradable aroma, le decía a mi papá que no me molestara más, que tenía que dormir la siesta, pero sus intentos fueron vanos, hasta que pronunció aquella melodía que me hacía soñar y descansar, la del “erre con a”.

Mi mamá aburrida de repetir la misma frase, comenzó a cantar unos acordes distintos y que esta vez decían, “Es el club Rangers, institución de gran arraigo y tradición, que constituye una hermandad, característica de la amistad”. Y éstas nuevas notas fueron formando parte de un ciclo diario aún más extenso, que una persona a quién comencé a llamar “tata” tuvo ocasión de completar, “Amo al club Rangers, como a mi suelo, socio es mi padre, lo fue mi abuelo, soy deportista por tradición, soy ranguerino de corazón”.

El tiempo me hizo más grande y ya pude distinguir las luces que no reconocí en mi primera visión, eran el rojo y el negro, los colores con que se dibuja el pecho orgulloso de un talquino. Y de la mano de mi padre comencé a cumplir una rutina quincenal sobre un gramado verde, donde hombres tan grandes como mi padre se movían detrás de una pelota, vistiendo la misma camiseta rojinegra que visto orgulloso. Todas las jornadas no son iguales, a veces mi papá sale furioso del estadio, y ni siquiera me habla cuando le preguntó que pasó, otras veces su sonrisa es contagiosa y me eleva por los aires gritando, “ganamos, mi amor”.

A medida que fui creciendo y mi camiseta era renovada por una dos tallas mayor, fui haciéndome parte de la desazón o la alegría de mi padre y de los recuerdos de mi abuelo, que me hablaba de la histórica campaña del 69, y la incursión de Rangers en la Copa Libertadores de 1970. Los “erre con a” los gritaba más fuerte que nunca. Cada derrota era un suplicio para mi alma, cada victoria transformaba la semana siguiente en un néctar tan dulce, que me mantenía alerta y contento en el colegio. La inocencia de antaño fue dando paso a una pasión incontrarrestable. Los “erre con a” los gritaba más fuerte que nunca y las irregulares campañas de mi querido club me comenzaban a provocar dolores de cabeza y ciertas inapetencias momentáneas, que mi mamá se encargaba de azuzar, pero que tenían como corolario sentirme más Ranguerino , algunos amigos me invitaban a formar parte de una facilista y exitosa pasión afuerina, pero me negué, porque aquélla no la sentía propia, mi piel respiraba y absorbía aquella magia que dibujaban, pese a sus vicisitudes, los héroes que visten la camiseta de mi Rangers de Talca, digo mi Rangers, porque quien más quien menos, todos nos sentimos un poco dueños de nuestro club.

Mi abuelo un día partió, pero minutos antes de su muerte me dijo que desde donde estuviera hincharía por Rangers, yo le dije que no se preocupara, que su asiento en el cielo tendría vista al fiscal.

Muchos protagonistas de estos más de cien años nos han dejado, algunos escudados en el anonimato de su pasión, otros desde la platea de protagonistas. Tanto unos y otros, no importando su condición han hecho de este reguero rojinegro, una luz centenaria, que ha logrado unir a generaciones de talquinos en pos de un ideal, cual es, “perseguir un sueño hasta alcanzarlo”.

“Los Guardianes” de este legado somos todos aquellos que hacemos de nuestro club, un actor relevante de nuestras vidas, el 2 de noviembre de 1902 se comenzó a construir una cadena indeleble, que ha mantenido unidas nuestras ilusiones, ha sumado voluntades, ha recogido esfuerzos, ha roto diferencias, ha coronado valores, ha puesto a relucir nuestro orgullo en todo el país, “Ser talquino, es ser Ranguerino”.

El cumplir más de cien años parece ser una época de balances, de repasos a la memoria, de anhelos por cumplir, pero por sobre todo aquello, es una época para dar gracias a todos quienes tienen grabado en su corazón el escudo rojinegro. Si estuvimos a punto de alcanzar la gloria y no la obtuvimos, nuestro norte no debe claudicar, la vida al igual que el fútbol es para los que sueñan, y precisamente los que creen en esos sueños, son los que cumplen sus metas. Como miles de talquinos seguiré enarbolando mi bandera, haciendo la posta con los que me suceden, porque como dice nuestro himno “aunque ha cumplido más de cien años, no ha envejecido, y hoy como antaño, conserva entera la gran virtud, que arrastra en masa a la juventud”. Y este noble sentimiento hará de Rangers de Talca, un protagonista de los años que avecinan.

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